Arquivo anual: 2012

Entrevista con el antropólogo estadunidense James Scott: Los movimientos autónomos causan miedo a los movimientos sociales formales y al Estado (Desinformémonos)

“Los grandes cambios radicales no han sucedido como producto de una legislación o elecciones; han sucedido en las calles, en levantamientos que amenazan con salirse de control”.

ENTREVISTA DE MARINA DEMETRIADOU, ATZÉLBI HERNÁNDEZ E ISABEL SANGINÉS

Ciudad de México. James Scott es profesor de Ciencias Políticas y Antropología en la Universidad de Yale y director de estudios agrarios en la misma institución.

Su trabajo se ha centrado en la manera que la gente de abajo se opone a la dominación. En diversos libros como “Economía moral del campesino: subsistencia y rebelión en Asia suroriental” “Armas del débil: formas diarias de resistencia campesina” y “Los dominados y el arte de la resistencia”, Scott teoriza sobre la manera en que el pueblo resiste a la autoridad y trata de describir las interacciones entre dominados y opresores.

En la siguiente entrevista con Desinformémonos, el investigador y antropólogo habla sobre la forma en que las experiencias autónomas pueden funcionar alejadas del Estado y sobre el impacto que pueden tener a mediano y largo plazo los movimientos sociales que surgen espontáneamente y que no tienen jerarquía.

¿Cómo los movimientos y experiencias autónomas pueden ocupar espacios del Estado- nación?

Históricamente los movimientos sociales han pedido cosas concretas al Estado. Empiezan con la idea de que el Estado es algo dado.

Los movimientos autónomos deben ver cómo hacer para crear espacios autogestionados, como centros sociales de capacitación y de educación, que no sean una imitación del Estado. Y esto incluye también a las ocupaciones.

Un movimiento autónomo debe crear lo más posible, dentro de un espacio que esté fuera del Estado para poder crear algo distinto. Esto no es fácil, pero sólo pedir cosas al Estado, de acuerdo con sus leyes y sus reglas, no es estar creando autonomía.

La mayoría de los movimientos sociales en la historia han creado estructuras que son parecidas al Estado, son jerárquicas. Tienen un nombre, una organización, eligen representantes y copian la estructura del Estado. Son pequeños Estados.

Hablando de mi propio país, los Estados Unidos, creo que cada movimiento progresivo y radical que ha tenido éxito, ha sido producto de irrupciones masivas, no organizadas, que no llegan de los movimientos sociales existentes. Como los movimientos por los derechos civiles y por el voto de las mujeres que surgieron de manera espontánea, fuera de movimientos sociales organizados.

Estos movimientos radicales no tienen jerarquía, así que el Estado no tiene con quién hablar (negociar). No hay liderazgos. Son movimientos populares sin estructura jerárquica, así que no los pueden cooptar.

La paradoja de la democracia es que – supuestamente – debe crear un sistema para hacer posibles cambios sociales a gran escala, sin violencia y sin irrupciones, mediante un proceso legal en el que se eligen personas; pero el hecho es que los grandes cambios radicales no han sucedido como producto de una legislación o elecciones, sino que han sucedido en las calles, en levantamientos que amenazan con salirse de control y en los que las élites estaban asustadas, aterrorizadas y tomaron cartas en el asunto rápidamente para poder apagar la revuelta.

¿Qué experiencias organizativas comunitarias han logrado hacer cambios alternativos y radicales alejados de la estructura de Estado?

El autor uruguayo Raúl Zibechi habla de muchos ejemplos de movimientos autónomos en América Latina que, de acuerdo con él, han logrado organizarse alternativamente; Zibechi habla de comunidades de base que han construido interrelaciones con otras comunidades y que después pueden movilizarse juntas en movimientos sociales más grandes.

Otro ejemplo se ha dado en Estados Unidos. Se trata de Occupy Wall Street, un movimiento espontáneo, que empezó con 200 ó 300 personas, y luego mucha gente de Cleveland, San Francisco y muchas ciudades más comenzaron a imitarlos; ésta es la clase de cosas que nadie podía haber predicho, nadie puede organizar estas revueltas, pero cuando suceden se debe saber tomar ventaja de la situación. Estas cosas nacen de forma espontáneas y nadie de nosotros sabe qué forma tomarán; pero después, el rol de los movimientos sociales deberá ser ayudar a estas ocupaciones espontáneas a logar un calendario.

El hecho es que aunque haya capacidad para la movilización autónoma local y ésta sea el punto central de las resistencias, no importa tanto hasta qué punto estos grupos logren o no sus objetivos inmediatas, pues lo realmente importante es que están creando redes que son un muy valioso recurso para la movilización popular.

Si surgen ocupaciones espontáneas, hay que aprovechar la capacidad de los movimientos autónomos locales de crear redes sociales.

¿Qué impacto pueden tener en el largo plazo los movimientos espontáneos que no tienen organización, ni planeación, y que no se acercan al Estado ni lo golpean directamente?

Los movimientos sociales organizados y jerarquizados, la mayoría de los que conocemos, fueron creados por la base del levantamiento popular, pero estas organizaciones no crearon nada por sí mismas en términos de cambios en el Estado; sin embargo, todos los movimientos sociales formales, que son pequeños Estados, están aterrorizados también por las revueltas de los de abajo, así que si quieres cambiar un movimiento, hay que amenazarlo desde abajo, desde los movimientos espontáneos. Los movimientos autónomos causan mucho miedo a los movimientos sociales formales y al Estado.

Strange History: Mass Hysteria Through the Years (Discovery)

Analysis by Benjamin Radford
Mon Feb 6, 2012 05:28 PM ET

The news media has been abuzz recently about a seemingly mysterious illness that has nearly two dozen students at LeRoy High School in western New York twitching and convulsing uncontrollably.

Most doctors and experts believe that the students are suffering from mass sociogenic illness, also known as mass hysteria. In these cases, psychological symptoms manifest as physical conditions.

Sociologist Robert Bartholomew, author of several books on mass hysteria including The Martians Have Landed: A History of Media-Driven Panics and Hoaxes, explained to Discovery News that “there are two main types of contagious conversion disorder. The most common in Western countries is triggered by extreme, sudden stress; usually a bad smell. Symptoms typically include dizziness, headaches, fainting and over-breathing, and resolve within about a day.”

In contrast, Bartholomew said, “The LeRoy students are experiencing the rarer, more serious type affecting muscle motor function and commonly involves twitching, shaking, facial tics, difficulty communicating and trance states. Symptoms appear slowly over weeks or months under exposure to longstanding stress, and typically take weeks or months to subside.”

Mass hysteria cases are more common than people realize and have been reported all over the world for centuries. Here’s a look at some famous — and bizarre — cases of mass hysteria in history.

The Mad Gasser of Mattoon

Many cases of mass hysteria are spawned by reports of strange or mysterious odors. One of the most famous cases occurred in 1944 when residents of Mattoon, Ill., reported that a “mad gasser” was loose in the small town.

It began with one woman named Aline Kearney, who smelled something odd outside her window. Soon she said her throat and lips were burning, and she began to panic when she felt her legs becoming paralyzed. She called police, and her symptoms soon subsided. Her husband, upon returning home later, reported glimpsing a shadowy figure lurking nearby. The “gas attack” (as it was assumed to be) on Mrs. Kearney was not only the gossip of the neighborhood but also reported in the local newspaper, and soon others in the small town reported odd odors and experiencing short-lived symptoms such as breathlessness, nausea, headache, dizziness and weakness. No “mad gasser” was ever found, and no trace of the mysterious gas was detected.

The French Meowing Nuns

Before 1900 many reports of mass hysteria occurred within the context of religious institutions. European convents in particular were often the settings for outbreaks. In one case the symptoms manifested in strange collective behavior; a source from 1844 reported that “a nun, in a very large convent in France, began to meow like a cat; shortly afterwards other nuns also meowed.

At last all the nuns meowed together every day at a certain time for several hours together.” The meowing went on until neighbors complained and soldiers were called, threatening to whip the nuns until they stopped meowing. During this era, belief in possession (such as by animals or demons, for example) was common, and cats in particular were suspected of being in league with Satan. These outbreaks of animal-like noises and behaviors usually lasted anywhere from a few days to a few months, though some came and went over the course of years.

The Pokémon Panic

A strange and seemingly inexplicable outbreak of bizarre behavior struck Japan in mid-December 1997, when thousands of Japanese schoolchildren experienced frightening seizures after watching an episode of the popular cartoon “Pokémon.” Intense flashes of light during the show triggered relatively harmless and brief seizures, nausea, and headaches. Doctors diagnosed some of the children with a rare, pre-existing condition called photosensitive epilepsy, in which bright flashing lights used in the cartoon can trigger the symptoms.

But experts were unable to explain what had happened to the remaining thousands of other children who reported symptoms; the vast majority of them did not have photosensitive epilepsy. Finally, the mystery was solved in 2001, when it was discovered that the symptoms found in most children were caused by mass hysteria, triggered by the initial wave of epileptic seizures.

The McMinnville School Poison Gas Episode

Nearly 200 students and teachers were hospitalized during a mysterious outbreak of illness at Warren County High School in McMinnville, Tenn., in November 1998. A local newspaper, the Southern Standard, ran the headline “Students Poisoned: Mysterious Fumes Sicken Almost 100 at High School.” It began when a teacher reported smelling a gasoline-like odor in her classroom that made her sick. A few of her students then also became sick, and the school was closed for testing.

No contamination was found, nor any medical or environmental cause for the symptoms, which included headache, dizziness, nausea and drowsiness. Following a clean bill of health, the school reopened, and soon a second cluster of students fell ill and closed down the school a second time. All recovered from the attack.

As these cases show, the LeRoy high school incident is only one of many strange episodes of mass sociogenic illness — and there will be more.

Environment agency becomes crunch issue in Rio talks (Agence France-Presse)

By Richard Ingham (AFP) – 05.Feb.2012

PARIS — The UN Environment Programme (UNEP) is emerging as a hot issue in preparations for June’s Rio conference, styled as a once-in-a-generation chance to restore a sick planet to good health.

The US is fighting a proposal, backed according to France by least 100 countries, for transforming UNEP from a poorly noticed, second-string unit into a planetary super-agency.

Environmentalists have long complained that Nairobi-based UNEP, set up in 1972 as an office of the UN and with a membership of only 58 nations, lacks clout to deal with the globe’s worsening ills.

These range from climate change, water stress and over-fishing to species loss, deforestation and ozone-layer depletion.

But the environmental mess also coincides with the crisis of capitalism, which greens say is blind to the cost for Nature in its relentless quest for growth.

The fateful intertwining of these problems points to a unique chance of a solution at the June 20-22 “Rio+20” conference, they argue.

With possibly scores of leaders in attendance, the 20-year follow-up to the famous Earth Summit has the declared aim of making growth both greener and sustainable.

“The new capitalism which emerges from the crisis has to be environmental, or it won’t be new,” French Ecology Minister Nathalie Kosciusko-Morizet said on Tuesday.

The key vehicle would be UNEP, which according to the vaguely-worded French proposal would be changed into the World Environment Organisation.

It would become the UN’s 16th “specialised” agency alongside the World Health Organisation (WHO), Food and Agricultural Organisation (FAO) and so on.

To the outsider, this may sound at best like a bit of terminological tinkering — at worst, just another bureaucracy-breeding machine.

Experts, though, say status change could be surprisingly far-reaching.

Specialised UN agencies have high degrees of autonomy, enabling them to set agendas, frame international norms, stir up interest in dormant issues and sometimes poke their noses into areas of national sovereignty.

At its most ambitious, a World Environment Organisation would embrace not just the member-states which fund it but also business, green and social groups, becoming a very loud voice indeed.

It could intrude into sensitive areas such as trans-border use of water resources, fishery quotas and habitat use — and even monitor environmental standards for trade in goods and services.

According to Kosciusko-Morizet’s ministry, more than 30 European countries back the French proposal, along with 54 countries in Africa, plus Thailand, Malaysia, Nepal, Chile, Uruguay and others.

But in a US presidential election year where green issues — especially foreign ones — are easily trumped by domestic politics, Washington has set down a marker.

“We do not believe that international efforts on the environment and sustainable development would be improved by creating a new specialised agency on the environment,” a State Department official told AFP.

“We prefer to work towards a strengthened role for UNEP, as well as better coordination across the UN system in integrating environment into development, and in working towards sustainable development.”

Canada, like the US, says it prefers a smarter, better-connected UNEP.

Tensions over this are now emerging at preparatory talks on the “zero draft,” a document that will be finessed into June’s all-important summit communique.

“The Americans have come out guns blazing,” said Farooq Ullah, head of policy and advocacy at a London-based NGO called Stakeholder Forum.

“The risk, of course, is not necessarily that they would veto it (a super-UNEP) but that they would pull out their funding for it. A big part of UNEP’s funding comes from the Americans, so it would be a major blow,” he stressed.

Could the dispute rip Rio apart? Or could it doom it to dismal compromise, as many view the outcome of 2009 Copenhagen climate summit?

“The biggest risk with these things that have a lot of interest is that if you push too far too quickly and it becomes too contentious, it will just be negotiated out,” warned Ullah.

Lucien Chabason of a French thinktank, the Institute of Sustainable Development and International Relations (IDDRI), said the outcome did not have to be dramatic.

“One can imagine a mixture of the two ideas, in which Rio adopts a position in principle to beef up UNEP and launch a negotiation process,” he said.

Farmers in Mozambique trying to adapt farming to climate change (PRI.org)

Published 29 January, 2012 11:15:00 Living on Earth

image
Rui Alberto Campira hoes the soil. He’s part of a group of farmers who received a grant from Save the Children to grow cash crops. (Photo by Rowan Moore Gerety.)

As the rain and water in Mozambique becomes less predictable and less suited to subsistence farming, aid groups and the local government are trying to help some change the way they farm so they’re not so paralyzed by a flood or a drought. But there’s a lot of work to do.

Over the past two decades, Mozambique has suffered more than its fair share of weather disasters.

The east African nation has seen more devastating cyclones, droughts and floods than any country on the continent. Farmers in Mozambique have been particularly hard hit. This year alone, torrential rains in the mountains sent flood waters onto fields below, submerging tens of thousands of acres of crops.

And now, farmers are in the midst of another rainy season, which started in December.

Officials at Mozambique’s National Institute for Disaster Management have to prepare for rescue operations this time of year. Figueredo de Araujo, the institute’s information manager, said the emergency operations center is equipped with rescue boats as well as warehouses with various goods for humanitarian assistance: maize flour, tents, tarps, boots and rain coats among them.

Caia, where Mozambique’s main highway crosses the Zambezi river, sits in the middle of a vast, flat, floodplain that is home to nearly a million people. In 2000, the area was hit by the worst flooding in memory. The floods killed 700 people, displaced 100,000, and cost Mozambique a 1.5 percent loss in GDP through destruction of crops.

To Belem Monteiro, the emergency center’s director, much of Mozambique’s misfortune is a matter of geography.

“The fact that we have a problem is not news to us: given its location, Mozambique could only be vulnerable to these changes in climate,” Monteiro said.

Nearly 80 percent of Mozambican families are subsistence farmers, relying on rain-fed agriculture to produce their food. After the 2000 floods, farmers near the Zambezi River repeatedly lost their homes and crops.

“In the past, it happened every five years, now we have annual emergencies, which shows that the situation has changed,” Monteiro said.

But that’s presented a major challenge for the disaster management institute, which was conceived to intervene during freak emergencies, but has been forced to evolve to a permanent mission.

Some 30 miles from Caia, a resettlement zone called Tchetcha Um is home to some 5,000 families who were moved to higher ground. The organization Save the Children has partnered with the government in a program promoting livelihood resilience, diversifying their income sources, said Clemente Lourenço, a project officer for the group.

Farmer Rui Alberto Campira received a grant from Save the Children in 2009, which enabled he and 11 other farmers to built a 5-acre farm where they can grow crops for both consumption at home and sale at the local market. Campira says the soil is great for cash crops.

“It’s good. Especially for tomatoes. Tomatoes, onions, cabbage, collard greens. That’s what we usually plant here. There we only plant maize. Maize and sweet potatoes,” Campira said of his former home.

The land he’s farming now will also flood during the rainy season, but the irrigation system the grant enabled him to install allows him to farm during the dry season, when cash crops would typically die.

About 55 associations like Campira’s have formed in Caia district, not just growing cash crops, but trading in fish, beans, and clothing, and using animal traction to plow fields. Save the Children funds about 4500 farmers across three provinces.

Joao Novage is raising seven goats, as part of another association. The grant originally bought 40 goats that have in turn born another 20.

“When I see that I have 12 or 13 goats, I’ll take four and sell them to buy school supplies and clothes for my children. Children are our wealth. They’ll bring a better future for us,” Novage said.

Though the projects have been wildly successful, everyone admits they serve an insignificant portion of the population at this point. It remains to be seen if they can be expanded to make a measurable difference in the unger and poverty around this portion of east Africa.

Colombia prosecutors question ‘shaman rain payment’ (BBC)

18 January 2012 Last updated at 16:49 GMT

By Arturo Wallace
BBC Mundo, Bogota

The tournament, won by Brazil, was held across Colombia with the final in Bogota

Colombian prosecutors are investigating why organisers paid a “shaman” $2,000 (£1,400) to keep rain away from the closing ceremony of the Fifa U-20 World Cup held in the country last year.

The inquiry was launched after cost overruns totalling $1m came to light.

But the focus of their questions is a 64-year-old man who says he uses dowsing to stave off or attract rain.

The event’s organisers defended their decision to use him, noting that the final event was indeed rain-free.

The “rain-stopper” in question, Jorge Elias Gonzalez, has been dubbed a “shaman” or medicine man by the Colombian media.

A dark joke doing the rounds in the capital, Bogota, asks why the shaman was not also hired to minimise the impact of the last rainy season, which killed 477 people and affected some 2.6 million Colombians.

Yet more cynical voices have said that, given the corruption allegations involving the Bogota authorities in recent years, Mr Gonzalez should be praised as the only contractor to deliver what he promised.

The spectacular closing ceremony in Bogota’s El Campin stadium on 20 August last year remained dry – a stark contrast with the opening event in Barranquilla a month earlier that was drenched.

Ana Marta de Pizarro, the anthropologist and theatre director who was in charge of the ceremony, used this argument to defend the hiring of a rain stopper.

“Had it rained, the event would not have taken place. It didn’t rain on the ceremony, it was successful and I would use him again if I needed to,” she said.

And Ms Pizarro also said Mr Gonzalez had been hired in the past to ensure Bogota’s International Theatre Festival was rain-free.

In an interview with a local radio station on Wednesday, Mr Gonzalez also said he was also hired to keep the rain away from the swearing-in ceremony of President Juan Manuel Santos.

This has, as yet, neither been confirmed nor denied by the president’s office.

Respect

Prosecutors are adamant that Mr Gonzalez’s contract will be investigated.

The procurement law requires efficiency and professionalism in all service providers paid for by public funds “and that doesn’t include shamans”, a statement from the local comptroller’s office said.

“We’ll ask him to explain in which circumstances, how and where he can stop rain,” said the deputy prosecutor, Juan Carlos Forero.

The debate has also drawn in those who want to make sure no public funds are used to pay for any sort of religious rites, and those who want the traditions of indigenous Colombians to be treated with more respect.

In a bizarre twist to the dispute, Mr Gonzalez has always insisted that he is not a shaman.

“I’m not indigenous, so don’t call me a shaman, for I don’t even know what that is. Nor am I a wizard,” he told a local newspaper several years ago.

Mr Gonzalez has said that he can stop or attract rain using dowsing, although he also prays.

Anthropologist Mauricio Pardo believes that by describing him as a shaman, the Colombian media might end up belittling an important indigenous tradition.

“And those traditions deserve to be respected. Even our constitution demands so,” he told BBC Mundo.

Into the mind of a Neanderthal (New Scientist)

18 January 2012
Magazine issue 2847

Neanderthals shared about 99.84 per cent of their DNA with us <i>(Image: Action Press/Rex Features)</i>Neanderthals shared about 99.84 per cent of their DNA with us (Image: Action Press/Rex Features)

What would have made them laugh? Or cry? Did they love home more than we do? Meet the real Neanderthals

A NEANDERTHAL walks into a bar and says… well, not a lot, probably. Certainly he or she could never have delivered a full-blown joke of the type modern humans would recognise because a joke hinges on surprise juxtapositions of unexpected or impossible events. Cognitively, it requires quite an advanced theory of mind to put oneself in the position of one or more of the actors in that joke – and enough working memory (the ability to actively hold information in your mind and use it in various ways).

So does that mean our Neanderthal had no sense of humour? No: humans also recognise the physical humour used to mitigate painful episodes – tripping, hitting our heads and so on – which does not depend on language or symbols. So while we could have sat down with Neanderthals and enjoyed the slapstick of The Three Stooges or Lee Evans, the verbal complexities of Twelfth Night would have been lost on them.

Humour is just one aspect of Neanderthal life we have been plotting for some years in our mission to make sense of their cognitive life. So what was it like to be a Neanderthal? Did they feel the same way we do? Did they fall in love? Have a bad day? Palaeoanthropologists now know a great deal about these ice-age Europeans who flourished between 200,000 and 30,000 years ago. We know, for example, that Neanderthals shared about 99.84 per cent of their DNA with us, and that we and they evolved separately for several hundred thousand years. We also know Neanderthal brains were a bit larger than ours and were shaped a bit differently. And we know where they lived, what they ate and how they got it.

Skeletal evidence shows that Neanderthal men, women and children led very strenuous lives, preoccupied with hunting large mammals. They often made tactical use of terrain features to gain as much advantage as possible, but administered the coup de grace with thrusting spears. Based on their choice of stone for tools, we know they almost never travelled outside small home territories that were rarely over 1000 square kilometres.

The Neanderthal style of hunting often resulted in injuries, and the victims were often nursed back to health by others. But few would have survived serious lower body injuries, since individuals who could not walk might well have been abandoned. It looks as if Neanderthals had well-developed way-finding and tactical abilities, and empathy for group members, but also that they made pragmatic decisions when necessary.

Looking closely at the choices Neanderthals made when they manufactured and used tools shows that they organised their technical activities much as artisans, such as blacksmiths, organise their production. Like blacksmiths, they relied on “expert” cognition, a form of observational learning and practice acquired through apprenticeship that relies heavily on long-term procedural memory.

The only obvious difference between Neanderthal technical thinking and ours lay in innovation. Although Neanderthals invented the practice of hafting stone points onto spears, this was one of very few innovations over several hundred thousand years. Active invention relies on thinking by analogy and a good amount of working memory, implying they may have had a reduced capacity in these respects. Neanderthals may have relied more heavily than we do on well-learned procedures of expert cognition.

As for the neighbourhood, the size and distribution of archaeological sites shows that Neanderthals spent their lives mostly in small groups of five to 10 individuals. Several such groups would come together briefly after especially successful hunts, suggesting that Neanderthals also belonged to larger communities but that they seldom made contact with people outside those groupings.

Many Neanderthal sites have rare pieces of high-quality stone from more distant sources (more than 100 kilometres), but not enough to indicate trade or even regular contact with other communities. A more likely scenario is that an adolescent boy or girl carried the material with them when they attached themselves to a new community. The small size of Neanderthal territories would have made some form of “marrying out” essential.

We can also assume that Neanderthals had some form of marriage because pair-bonding between men and women, and joint provisioning for their offspring, had been a feature of hominin social life for over a million years. They also protected corpses by covering them with rocks or placing them in shallow pits, suggesting the kinds of intimate, embodied social and cognitive interaction typical of our own family life.

But the Neanderthals’ short lifespan – few lived past 35 – meant that other features of our more recent social past were absent: elders, for example, were rare. And they almost certainly lacked the cognitive abilities for dealing with strangers that evolved in modern humans, who lived in larger groups numbering in the scores and belonged to larger communities in the hundreds or more. They also established and maintained contacts with distant groups.

One cognitive ability that evolved in modern humans as a result was the “cheater detection” ability described by evolutionary psychologist Leda Cosmides, at the University of California, Santa Barbara. Another was an ability to judge the value of one commodity in terms of another, what anthropologist Alan Page Fiske at the University of California, Los Angeles, calls the “market pricing” ability. Both are key reasoning skills that evolved to allow interaction with acquaintances and strangers, neither of which was a regular feature of Neanderthal home life.

There are good circumstantial reasons for thinking that Neanderthals had language, with words and some kind of syntax; some of their technology and hunting tactics would have been difficult to learn and execute without it. Moreover, Neanderthal brains had a well-developed Broca’s area, and their DNA includes the FOXP2 gene carried by modern humans, which is involved in speech production. Unfortunately, none of this reveals anything specific about Neanderthal language. It could have been very or only slightly different, we just don’t know.

Having any sort of language could also have exposed Neanderthals to problems modern humans face, such as schizophrenia, says one theory which puts the disease down to coordination problems between the brain’s left and right hemispheres.

But while Neanderthals would have had a variety of personality types, just as we do, their way of life would have selected for an average profile quite different from ours. Jo or Joe Neanderthal would have been pragmatic, capable of leaving group members behind if necessary, and stoical, to deal with frequent injuries and lengthy convalescence. He or she had to be risk tolerant for hunting large beasts close up; they needed sympathy and empathy in their care of the injured and dead; and yet were neophobic, dogmatic and xenophobic.

So we could have recognised and interacted with Neanderthals, but we would have noticed these significant cognitive differences. They would have been better at well-learned, expert cognition than modern humans, but not as good at the development of novel solutions. They were adept at intimate, small-scale social cognition, but lacked the cognitive tools to interact with acquaintances and strangers, including the extensive use of symbols.

In the final count, when Neanderthals and modern humans found themselves competing across the European landscape 30,000 years ago, those cognitive differences may well have been decisive in seeing off the Neanderthals.

Profile
Thomas Wynn is a professor of anthropology and Frederick L. Coolidge is a professor of psychology at the University of Colorado, Colorado Springs. For the past decade they have worked on the evolution of cognition. Their new book is How to Think Like a Neandertal (Oxford University Press, 2012)

Communicating Climate Science: A Little “Song & Dance” Can’t Hurt (Climate Central)

Published: December 8th, 2011 in Climate

Source: KQED Climate Watch

By Craig Miller, KQED Climate Watch

I’ll be candid here: When teamed up with climate modeler Ben Santer and economist Larry Goulder behind the microphone, his rendition of “Teach Your Children” could use a little work. The rest of Richard Alley’s work speaks eloquently to his talent for making sense of climate science for the rest of us.

Earth scientist Richard Alley’s engaging style has won him an award for climate communicators.

This week, in a ceremony at the Commonwealth Club in San Francisco, Alley, a professor of geosciences at Penn State University, was given the first Stephen H. Schneider Award for his work in breaking down climate science and getting the word out to the public and policymakers in digestible form.

Alley’s book Earth: The Operators’ Manual, was made into a PBS documentary in which Alley takes viewers on a personal journey through the climate landscape. The program aired in April on KQED and is now available online. He also demonstrates his lively teaching style inthis video explaining climate swings:

Alley told event host Greg Dalton that it’s important that the climate discussion “start with the science.”

“We need to show people all the pieces,” says Alley, “And doing that without saying ‘It’s gonna happen, you’re doomed,’ is a challenge.” Alley likes to use a driving analogy for weighing climate policy. He says that even though there are long odds against being in an accident each time we get behind the wheel, most of us still buy car insurance.

Asked to grade climate coverage by the mainstream media, Alley said we “could do better.”

“Intelligent people who get their science from the media tend to see a lot of argument because the media loves to show that,” he said. “And there is a lot of argument,” he added. “It’s just that what the public is seeing are not the interesting arguments. CO2 as a greenhouse gas is not an interesting argument,” said Alley, as that’s been settled. He says better to ask “What is the best way forward?”

Alley, who is a Christian, says people of faith should embrace, rather than reject climate science. “It’s a Golden Rule issue,” he said.

His biggest personal concern on the climate front: sea level rise.

The event might’ve been lost amid the 20,000 scientists attending the American Geophysical Union conference (#AGU11) in San Francisco, but the room, outfitted for a recorded broadcast, was nearly standing-room only. That’s probably because the award commemorates the life and work of outspoken Stanford climatologist Steve Schneider, whose sudden death last year still has climate science circles reeling.

Schneider was a great communicator himself, which comes through in this engaging tribute produced by Stephen Thompson for the Commonwealth Club.

This article originally appeared on KQED Climate Watch, a Climate Central content partner.

Tarifa de água é empecilho para obras do São Francisco (OESP)

30 de dezembro de 2011 | 11h 02

MARTA SALOMON – Agência Estado

Com dificuldades para completar as obras da transposição do Rio São Francisco, cujo custo já explodiu, o governo analisa como cobrar do consumidor do semiárido nordestino o alto preço da água. Para vencer o relevo da região, as águas desviadas do rio terão de ser bombeadas até uma altura de 300 metros. O trabalho consumirá muita energia elétrica e esse custo será repassado, pelo menos em parte, à tarifa de água, que ficará entre as mais caras do País.

Estimativas preliminares apontaram custo de R$ 0,13 por metro cúbico de água (mil litros) apenas para o bombeamento no eixo leste, entre a tomada da água do São Francisco, no município de Floresta (PE), até a divisa com o a Paraíba. Nesse percurso, haverá cinco estações de bombeamento, para elevar as águas até uma altura maior do que o Empire State, em Nova York, ou do tamanho da Torre Eiffel, em Paris, ou ainda 96 metros menor do que o Pão de Açúcar, no Rio de Janeiro. O maior arranha-céu de São Paulo nem chega perto.

A estimativa de custo do bombeamento da água no eixo leste foi feita pelo Ministério da Integração Nacional e projetava o início do funcionamento dessa parte da transposição ainda em 2010. Como a obra só deve começar a operar completamente em dezembro de 2015, conforme a última previsão do ministério, o custo deverá aumentar.

Sem revisão, o valor já representa mais de seis vezes o custo médio da água no País. Novo estudo sobre o custo foi encomendado à Fundação Getúlio Vargas.

Imbróglio. Trata-se de uma equação não resolvida. O governo federal se comprometeu a bancar o custo total da obra, estimado inicialmente em R$ 5 bilhões e que deverá alcançar R$ 6,9 bilhões, mas não definiu como financiar a operação do projeto, com a manutenção dos canais e o consumo de energia para o bombeamento.

O custo da construção já inclui a estimativa de gasto de mais R$ 1,2 bilhão para concluir um saldo de obras entregues a consórcios privados que não conseguirão entregar o trabalho, como revelou o Estado na edição de ontem.

O Ministério da Integração Nacional, responsável pela obra, não se manifesta, por ora, sobre a concessão de subsídio à água a ser desviada do Rio São Francisco para abastecimento humano e também para projetos de irrigação e industriais, segundo informa o último Relato de situação do projeto da transposição.

O governador da Paraíba, Ricardo Coutinho (PSB), também não acredita em subsídio direto por parte dos Estados: “O custo pela água efetivamente consumida pelos Estados deverá ser rateado entre o ente estadual e os consumidores finais, seja para consumo humano ou para outros usos, como a irrigação”. A União e os Estados assumiriam o custo de manutenção e conservação dos canais e bombas, completou o governador.

O assunto é debatido com os quatro Estados que receberão as águas transpostas do São Francisco: além da Paraíba, Pernambuco, Ceará e Rio Grande do Norte. As companhias de abastecimento desses Estados deverão integrar um consórcio comandado pela Companhia de Desenvolvimento dos Vales do São Francisco e do Parnaíba (Codevasf) para administrar o projeto, segundo proposta em discussão no Ministério da Integração.

Presente de Dilma azeda o Natal no Semiárido (Época)

19/12/2011 10h10 – Atualizado em 19/12/2011 10h18

Às vésperas das festas de fim de ano, o governo federal rompe a parceria com a organização que abalou os alicerces da indústria da seca ao implantar mais de 370 mil cisternas de alvenaria no sertão nordestino. E começa a distribuir cisternas de plástico

ELIANE BRUM

Parte do Brasil conhece o sertão nordestino pela literatura, com clássicos como “Vidas Secas”, de Graciliano Ramos, e “Morte e Vida Severina”, de João Cabral de Melo Neto. Também conheceu o semiárido pela imprensa, nas constantes denúncias de corrupção e desvio de verbas públicas em obras que deveriam combater a seca, mas estagnavam nas mãos privadas de coronéis. Nos últimos anos, porém, a paisagem do sertão estava mudando, graças a um movimento iniciado em 2003. No primeiro ano do governo Lula, a ASA (Articulação no Semiárido Brasileiro), uma rede que reúne centenas de organizações não governamentais, procurou o presidente para propor uma parceria para a construção de cisternas de alvenaria no sertão nordestino. Seus interlocutores eram Frei Betto e Oded Grajew, então no governo. Assinalado pela sua origem de retirante, de menino pobre do semiárido que migrou com a mãe e os irmãos de Caetés, em Pernambuco, para São Paulo, Lula acolheu a ideia. Ele conhecia bem a aridez geográfica e a imutabilidade dos desmandos políticos que faziam da sua terra um lugar brutal. O resultado deste esforço entre governo federal e sociedade civil organizada foram 371 mil cisternas de cimento, envolvendo 12 mil pedreiros e pedreiras das comunidades e beneficiando mais de 2 milhões de brasileiros em 1.076 municípios. Algo grande, muito grande, para quem acompanha a história do Nordeste brasileiro. Basta andar pelo semiárido para ver que, quando há vontade política, é possível fazer milagres de gente. A presença da água, com a implantação coletiva de uma simples cisterna, tem mudado não apenas a economia, mas a autoestima do povo que vê florescer a vida e também a possibilidade de reescrever sua história – desta vez como autor, e não mais como personagem.

Tudo ia muito bem até este mês de dezembro, quando a coordenação da ASA foi informada pelo Ministério do Desenvolvimento Social e Combate à Fome (MDS) que suspenderia o pagamento dos recursos para o “Programa Um Milhão de Cisternas”. O governo anunciou que pretendia mudar os arranjos para o Plano Brasil Sem Miséria e ampliaria os convênios com os estados – sinalizando o afastamento das organizações não governamentais do processo. A ASA foi aconselhada a negociar com os estados e municípios.

O que isso significa? Muito.

A ASA fará uma manifestação em Petrolina (PE) na manhã desta terça-feira, 20/12, para protestar contra a ameaça ao Programa Um Milhão de Cisternas e para denunciar que a sociedade civil organizada está sendo excluída do governo de Dilma Rousseff.

Milhares de sertanejos partirão de diferentes estados nordestinos para se reunir em Petrolina e alertar o país para uma possível volta às velhas práticas do passado, quando a indústria da seca era a única coisa que vicejava no semiárido brasileiro e qualquer arremedo de solução era usado como moeda eleitoral.

O rompimento da parceria com a ASA é anunciado no momento em que a opinião pública está predisposta a considerar qualquer ONG fraudulenta. Como foram denunciados muitos “malfeitos” nos convênios entre algumas organizações não governamentais e ministros demitidos, como Orlando Silva e Carlos Lupi, não há melhor hora para romper com a sociedade civil organizada. E fazer parecer que as ações são um esforço de moralização dos recursos públicos. Esquece-se – talvez por conveniência – que o surgimento das ONGs é resultado direto da redemocratização do país. E também que uma parcela significativa delas não apenas é honesta, como tem operado uma grande transformação nas relações e nos resultados em várias áreas cruciais.

A sociedade civil organizada tem – e para parte dos políticos é aí que mora o incômodo – impedido que as verbas públicas sejam interceptadas e manipuladas por grupos instalados em setores estratégicos. E assim, impedido governos, em todos os níveis, de agradar aliados com a possibilidade de administrar uma parcela polpuda das verbas públicas. É claro que há ONGs corruptas, que se aliaram a políticos corruptos, para lucrar com o dinheiro do povo. Mas demonizar todas elas é uma esperteza de quem está doido para voltar ao modelo antigo – e é também má fé e desrespeito com o avanço conquistado pela sociedade brasileira nas últimas décadas.

Em novembro, o ministro Gilberto Carvalho, da Secretaria-Geral da Presidência da República, afirmou que o governo separaria “o joio do trigo”. Disse mais: “As organizações sérias não têm nada a temer”. Pesquisei, então, em que lugar se situa a ASA na paisagem da sociedade civil organizada. Descobri que, na opinião do governo federal, a ASA é “trigo” da melhor qualidade.

Pela seriedade e competência da sua atuação, a rede já recebeu uma dezena de prêmios. Entre eles, o Prêmio de Direitos Humanos do governo federal, na categoria “Enfrentamento da Pobreza”, entregue pelo próprio Lula no final de 2010. E também um prêmio da ONU, que a considerou “uma referência de gestão e inclusão social no campo do acesso à água e do direito à segurança alimentar e nutricional das famílias carentes do semiárido”. Em entrevista à TV Brasil, em novembro, Luiz Navarro, secretário-executivo da Controladoria Geral da União (CGU), disse que algumas organizações não governamentais apresentavam mais condições de realizar determinadas ações do que o Estado. Entre os exemplos, afirmou que haviam acabado de avaliar o Programa Um milhão de cisternas, da ASA: “Nossa avaliação é extremamente positiva. Não sei se o Estado teria o mesmo dinamismo para fazer o que essas ONGs têm feito”.

Sendo esta a opinião do próprio governo federal e de seus órgãos de fiscalização, por que o governo decidiu suspender a parceria com a ASA?

“O governo rompeu a parceria com a ASA. Mas os ladrões não estão no nosso meio”, afirma Naidison Baptista, coordenador da rede. “Nós não somos construtores de cisternas apenas, nós somos uma rede de organizações da sociedade civil que influencia na política para o semiárido como parte do processo democrático. Temos orgulho de ter pautado o governo federal para a construção de cisternas e de políticas de convivência. Se você voar hoje sobre o semiárido, vai ver os pontinhos brancos. São as cisternas. As pessoas não entram mais na fila da água em troca de voto. Cortamos a raiz do coronelismo do Nordeste. Então perguntamos: por quê?”.

A ASA atua usando o conhecimento da comunidade e estimulando que as pessoas se apropriem coletivamente do processo de construção de cada cisterna. É a comunidade que decide em conjunto quem vai receber a cisterna primeiro, a partir de critérios como pobreza, número de crianças e de idosos, se a mulher é a chefe de família etc. Cada família participa da construção da cisterna, que dura cerca de cinco ou seis dias, e fornece a água para a vizinha enquanto não chegar a vez dela. Para a construção é usada a mão de obra da cidade ou povoado e o material das lojas dos pequenos comerciantes, movimentando a economia local. É também a agricultura produzida em cada região que fornece a alimentação. Para a ASA, a implantação de uma cisterna é mais do que uma obra: é a construção de um espaço social de onde tem emergido novas lideranças e uma juventude ativa. Mudança socioeconômica e política importante em uma região historicamente dominada por oligarquias em que sempre coube aos sertanejos ou se submeter a algum “painho” – ainda que com pinta de moderno – ou migrar para o centro-sul. “A água estava concentrada na mão de poucos”, resume Baptista. “Com as cisternas, a água foi repartida.”

Na tecnologia social da ASA, a implantação das cisternas não é vista como favor do governo, mas como direito. Não é assistencialismo, mas política pública. As pessoas são estimuladas a exercer a cidadania e a tomar suas próprias decisões, coletivamente – tornando o voto de cabresto cada vez mais difícil. Bem diferente, portanto, de um modelo assistencialista/populista que forma gerações de eleitores agradecidos a um pai ou mãe magnânimos. Seria isso que estaria incomodando o governo federal e seu amplo e heterogêneo espectro de aliados às vésperas das eleições municipais de 2012? Espero – sinceramente – que não.

No mesmo período em que a ASA foi informada de que não receberia os recursos para os próximos meses, o Ministério da Integração Nacional anunciou e comemorou a instalação da primeira de 300 mil cisternas de polietileno, em meio a campanhas de protesto das comunidades do semiárido que rejeitam o equipamento de plástico. O governo alega que as cisternas de polietileno podem ser produzidas em grande escala e assim atingir um número maior de famílias com mais rapidez. Segundo o governo, não se trata de substituição de uma tecnologia por outra, mas de complementação.

A ASA apresenta argumentos convincentes para condenar as cisternas de plástico. “Elas custam mais do que o dobro do valor das cisternas de alvenaria. Enquanto a nossa custa R$ 2.080, a de plástico custa R$ 5.000. Ou seja: se fosse só o dobro, com o mesmo valor as empresas fazem 300 de plástico – e nós construiríamos 600”, diz Baptista. Pelos cálculos da ASA, para cada 10 mil cisternas de alvenaria instaladas, há uma injeção de R$ 20 milhões na economia local. Com as de plástico, a maior parte dos recursos públicos ficará nas mãos dos empresários. Na mesma lógica, a população se tornará para sempre dependente das empresas para a manutenção e a reposição, já que não dominará a técnica. Quando existe qualquer problema com as cisternas de alvenaria, o pedreiro da comunidade resolve de forma simples.

“Em vez de construir, as pessoas vão receber as cisternas de presente. Das mãos de quem? É o que vamos ver. E a gente sabe que, como simples beneficiárias, do meio para o fim do processo as famílias não cuidam mais. Temos vários exemplos de cisternas que foram entregues prontas e que hoje não funcionam mais porque as comunidades não se envolveram em sua construção, não tem o sentido do pertencimento”, diz o coordenador da rede. “É a volta da indústria da seca, com grandes obras nas quais a população fica à margem, e o dinheiro na mão de grupos.”

É possível ter uma ideia de quem vai ganhar com a mudança. Mas, por quê?

Por que um trabalho que funcionava tão bem, a ponto de ser elogiado e premiado pelo governo federal, está sendo descartado pelo governo federal? Se funciona bem, por que mudar? Seria porque funciona bem demais? Espero, sinceramente, que não.

A seguir, reproduzo parte da nota divulgada pela ASA:

“Após oito anos de parceria com o Governo Lula, a decisão do governo federal, expressa pelo Ministério do Desenvolvimento Social e Combate à Fome (MDS), de não mais renovar os Termos de Parceria com a Articulação no Semiárido Brasileiro (ASA), pode levar ao fim uma das ações mais consistentes de garantia de água para as famílias do meio rural semiárido: o Programa Um Milhão de Cisternas (P1MC) e o Programa Uma Terra e Duas Águas (P1+2). Sem dúvida, o maior programa com apoio governamental de distribuição de água e de cidadania, em uma região onde antes só existia fome, miséria e a indústria da seca. (…) A argumentação é de que a partir de agora o governo federal vai priorizar a execução do Programa, que integra o Plano Brasil Sem Miséria, apenas via municípios e estados, excluindo a sociedade civil organizada. A sugestão dada pelo MDS é que a ASA negocie sua ação em cada um dos estados contemplados. Para além da parceria com estados e municípios, o governo também anuncia a compra de milhares de cisternas de plástico/PVC de empresas que começam a se instalar na região. Ou seja, o governo não apenas rompe com a ASA, mas amplia a estratégia de repasse de recursos públicos para as empresas privadas. Consideramos isso um retrocesso, o que pode gerar um retorno claro e nítido a velhas práticas da indústria da seca, onde as famílias são colocadas novamente como reféns de políticos e empresas, tirando-lhes o direito de construírem sua história”.

Reproduzo também a nota divulgada pela Assessoria de Comunicação do MDS diante das primeiras manifestações de surpresa e protesto contra a decisão governamental. O título da nota é: “O Ministério do Desenvolvimento Social e Combate à Fome (MDS) reafirma que não existe ruptura na parceria estabelecida com a Articulação do Semiárido Brasileiro (ASA) para a construção de cisternas”. Mas o texto não diz isso. Reproduzo-o na íntegra para que algum leitor possa encontrar o que eu não encontrei. O texto refere-se apenas – e de forma pouco clara – à “reavaliação e ampliação do arranjo institucional” e à “importância de todos os parceiros”. Com relação à ASA, limita-se a reconhecer e elogiar o trabalho já realizado:
“Uma das prioridades do Governo Federal é garantir que os brasileiros das áreas rurais tenham acesso à água para consumo e para a produção de alimentos. No Plano Brasil Sem Miséria, o programa Água Para Todos definiu a ambiciosa meta de atender 750 mil famílias rurais com água para beber no semiárido, até 2013, e de assegurar água para a produção agrícola de outros milhares de famílias. Atingir este objetivo exige a reavaliação e a ampliação do arranjo institucional vigente até então, incluindo a formação de novas parcerias estratégicas entre diversos ministérios, órgãos públicos, estados, municípios e organizações da sociedade civil. O MDS reafirma a importância de todos os parceiros no sucesso desta agenda, visando ao atendimento integral das famílias que hoje não têm acesso à água de qualidade para manutenção de sua condição de vida. O MDS está empenhado na preparação das condições de atuação para o próximo exercício, no menor prazo possível, dentro das novas regras que orientam a atuação de todas as unidades do Governo Federal no próximo exercício. Em relação à AP1MC/ASA, o MDS reconhece e valoriza os resultados alcançados na construção de mais de 300 mil cisternas, numa parceria exitosa ao longo dos últimos nove anos”.

Para terminar, reproduzo também o texto escrito por um integrante da Comissão Pastoral da Terra sobre o presente natalino de Dilma Rousseff aos nordestinos. A ironia do texto, como se verá, não é opcional. Quem fala agora é Roberto Malvezzi, o Gogó:

“O presente da presidente Dilma ao povo do semiárido neste Natal já está decidido: uma cisterna de plástico. A presidente é uma excelente gerente, pessoa íntegra e acima de qualquer suspeita. Quando criou o ‘Água para Todos’ nos encheu de alegria. Afinal, agora iríamos acelerar a construção das cisternas para beber e produzir. Mas a presidente preferiu doar centenas de milhares de cisternas de plástico para os nordestinos. Descartou o trabalho histórico da Articulação no Semiárido Brasileiro (ASA) e vai trabalhar exclusivamente com os estados e municípios. Claro que essa decisão está acima de qualquer interesse eleitoreiro, ou dos coronéis do sertão, ou dos 10% das empresas fabricantes do reservatório. Dilma é uma mulher honrada. Claro que os empresários enviarão junto com as cisternas pedagogos, exímios conhecedores do semiárido, que farão a educação contextualizada realizada a duras penas por milhares de educadores da ASA. Esses pedagogos evidentemente conhecem o semiárido, o regime das chuvas, a pluviosidade de cada região, como se deve cuidar dos telhados, das calhas. Irão pelo sertão, pelas serras, pelos brejos, gastarão dias de suas vidas em meio às populações para realizar com um cuidado sacerdotal as tarefas que a questão exige. Claro que os políticos farão, antes de entregar as cisternas, uma crítica ao coronelismo nordestino, ao uso da água como moeda eleitoral, afinal, já superamos os períodos mais aberrantes da política nordestina. Quando a cisterna quebrar, os pedreiros capacitados saberão reparar os estragos, sem depender da empresa, e as cisternas de plástico não virarão um amontoado de lixo no sertão. As empresas também enviarão agrônomos para dialogar com as comunidades como se faz uma horta com a água de cisterna para produção, uma mandala, uma barragem subterrânea, uma irrigação simples por gotejamento. Claro, o interesse das empresas e dos políticos é continuar o trabalho pedagógico da ASA tão premiado no Brasil e em outros lugares do mundo. Não temos, portanto, nada a protestar. A presidente e a ministra (Tereza) Campello são exímias conhecedoras do Nordeste, mesmo tendo nascido no Sul e Sudeste. Conhecem cada palmo da região, dessa cultura, cada um de seus costumes. Claro que não nos enviarão mais sapatos furados, roupas rasgadas em tempos de seca, como acontecia antigamente. Até porque o trabalho da ASA eliminou as grandes migrações, a sede, a fome, as frentes de emergência e os saques. Mesmo não sendo nordestinas, nem jamais tendo vivido aqui, conhecem a região melhor que o povo que aqui nasceu ou aqui habita. Portanto, gratos por tanta generosidade. Vamos conversar com os milhões de beneficiados envolvidos na convivência com o semiárido. Eles vão entender as razões da presidente e da ministra e vão retribuir com a generosidade que lhes é peculiar. O povo do semiárido jamais esquecerá que, no Natal de 2011, ganhou como presente da presidente Dilma Roussef uma cisterna de plástico”.

De minha parte, chego ao fim deste ano perplexa. Cresci ouvindo que o Brasil era o país do futuro, mas não podia acreditar porque passei a infância e a adolescência numa ditadura que torturava gente como a então jovem Dilma Rousseff. Participei dos comícios das “Diretas Já” e cobri como jornalista as primeiras eleições da redemocratização. Muito mais tarde, testemunhei e escrevi sobre a eleição de Lula e o comício da vitória, em 2002. Nos últimos anos, já madura, ouço que o futuro chegou. E estava começando a acreditar, pelo menos em alguns aspectos. E não é que agora, às vésperas de 2012, anunciam com eufemismos que podemos estar voltando ao passado também no sertão nordestino? Não há de ser por saudades da literatura de Graciliano Ramos e de João Cabral de Melo Neto, porque esta é a única que com certeza não voltará.

Antas dos brancos, veados grandes, onças de criação (ComCiência)

Artigo

Por Felipe Ferreira Vander Velden
10/12/2011

O antropólogo francês Philippe Descola argumentou certa vez que, se as Américas contribuíram de modo decisivo com produtos agrícolas, vegetais, para a economia e a culinária europeias, o traço distintivo do fluxo oposto – da Europa para terras americanas –bem poderia ter sido a introdução de numerosas espécies de animais domesticados no Novo Mundo: bois, cabras, ovelhas, cavalos, galinhas, porcos, e mesmo cães e patos, cujas populações nativas alcançavam apenas certas porções do continente (América do Norte e Central, Andes e a região do escudo das Guianas).

Pode-se afirmar, todavia, que o que de mais importante os europeus trouxeram para a América – e, aqui, passo a referir-me especificamente à América do Sul e, ainda mais precisamente, às terras baixas do continente, uma vez que a zona andina (as terras altas, montanhosas) possui características muito particulares quanto a essas questões – não foram os animais em si, mas a própria domesticidade enquanto critério definidor de certa relação entre seres humanos e animais. Com efeito, não havia animais domesticados, no sentido estrito do termo – populações animais mantidas em estreito contato com agrupamentos humanos por meio do controle reprodutivo e da seleção artificial – por estas plagas; havia, isto sim, e em abundância, animais que chamamos familiarizados, ou amansados (na tradução do inglês tamed, ou do francês apprivoisée), isto é, trazidos como filhotes da floresta e criados no convívio com humanos nas aldeias: aquilo que os povos Tupi costeiros denominavam xerimbabos.

Credito: Revista de Atualidade Indígena, ano II, nº 8, 1978. Funai. Primeiro contato com os Matis, no vale do Javari (AM): os índios pediram filhotes de cães aos funcionários da Funai

Essa domesticidade foi, evidentemente, transformada aqui, de modos diversos, processo que continua a se desenrolar hoje em dia. Não obstante, se a presença de animais de origem exógena nas aldeias indígenas na Amazônia e em outras partes das terras baixas sul-americanas despertou algum interesse (pouco, é verdade), este foi sobretudo anedótico ou, quando muito, impressionista: “abundam cães” em uma aldeia Tapirapé, ou os Parintintim “criam galinhas em quantidade” ou, ainda “os Bakairi adotaram a criação bovina no início do século XX”. Nada mais do que isso, carecemos de pesquisas detalhadas que compreendam o lugar ocupado por essas espécies alienígenas nos universos sociais, cosmológicos, técnico-econômicos e rituais das diferentes sociedades indígenas no continente, mesmo naqueles locais em que esses seres emergiram inequivocamente como de capital valor simbólico e de crucial importância no conjunto de práticas e conhecimentos nativos, tal o cavalo entre os Kadiweu (inclusive chamados, no período colonial, de “índios cavaleiros”) no Mato Grosso do Sul e os bovinos entre os Wayuu (também conhecidos como Guajiro) na fronteira venezuelana-colombiana.

Tal ausência dos animais domesticados de origem europeia nas reflexões de cientistas sociais contrasta fortemente com a ubiquidade desses seres nas aldeias, no passado e atualmente e, provavelmente, expressa uma faceta daquilo que a antropóloga Joanna Overing definiu como “um desinteresse antropológico pela domesticidade e pelo cotidiano”. Focada em uma interpretação que toma, como definidora das sociocosmologias nativas das terras baixas, a relação com a alteridade definida pelo idioma da afinidade (aliança) e atualizada em mecanismos de abertura violenta para o exterior como a caça, o canibalismo, o xamanismo e a guerra, a etnologia e a história indígenas da América do Sul têm deixado, tradicionalmente, de lado as dimensões “internas” das sociedades nativas, os modos por meio dos quais a sociedade é criada a partir das relações de consanguinidade, de filiação, de amizade, de companheirismo, de mutualismo, de confiança, de afeição. Ora, qualquer um que tenha animais de estimação, ou que se interesse minimamente pelo tema, sabe que este é o vocabulário absolutamente compreensível e corrente: falar de animais domésticos é falar em convivência (ou convivialidade, como a mesma Joanna Overing prefere dizer).

A afinidade, portanto, parece não servir bem como modelo para abordar as relações entre índios e animais domesticados. Serve para a caça, mas não para a domesticidade, melhor descrita pelos idiomas da familiarização e da consanguinidade. Os Karitiana – povo de língua Tupi-Arikém em Rondônia, com quem trabalho há dez anos, e entre os quais desenvolvi uma pesquisa sobre a presença desses seres exóticos – afirmam que “cachorro é como filho”, destacando, assim, a relação de familiaridade/consanguinidade que corta as fronteiras entre o humano e o não-humano. Como tal, os animais criados por eles assumem uma posição em tudo análoga à das crianças humanas: há um genuíno prazer na criação desses seres, no cuidado cotidiano com eles; prazer que, inclusive, porta dimensão estética, pois se diz que os animais de criação (como são chamados), como as crianças, “enfeitam a aldeia”, tornando-a agradável ao olhar de todos; há, ainda, a percepção de que esses seres cumprem um ciclo de vida tal qual o dos humanos: filhotes são mimados e protegidos, mas animais adultos devem portar-se como indivíduos autônomos e responsáveis, cuidando de suas próprias necessidades e desejos – da mesma forma que qualquer humano maduro; por fim, há de se frisar que o cuidado com os animais domésticos é, sobretudo, assunto de mulheres, competência de uma esfera de saberes e afetos propriamente femininos.

Como filhos, matar esses animais com quem se convive diuturnamente torna-se uma questão complexa e prenhe de implicações afetivas e emocionais. Há, nas aldeias Karitiana, sempre muitas galinhas, e os índios afirmam que as comem; entretanto, conforme relatado por outros autores, os Karitiana “dizem que comem, mas não comem”. Ao menos, não comem as galinhas de sua criação, pois não parece haver problema em deliciar-se com galinhas alheias, roubadas do vizinho, compradas na cidade ou cedidas para outrem. Apenas duas vezes vi pessoas terem de sacrificar suas próprias galinhas em função da necessidade de se ter carne para o almoço – e, como é amplamente sabido, na Amazônia uma refeição sem carne está lamentavelmente incompleta: nas duas ocasiões as aves foram perseguidas por homens armados de arco e flechas, numa perfeita simulação do ato de caçar. Assim, para que sejam tornadas alimento, as galinhas domésticas precisam, antes, ser convertidas em caça, des-familiarizadas violentamente, interpondo entre elas e a panela a ação das armas que buscam quebrar o vínculo forte entre os animais e as mulheres que as criam. O que não quer dizer que o consumo dessa carne seja, deste modo, tornado simples e desprovido de sentimentos: toda morte de um animal gera sentimentos ambíguos e, no caso dos animais de criação, genuína tristeza e raiva (contra o agressor), especialmente nas mulheres e nas crianças.

Para comer, pois, é necessário caçar: o termo Karitiana para (animal de) caça (himo) é, significativamente, o mesmo para carne. Os animais de criação, então, não são carne e, em certo sentido, não são mesmo animais, presos à convivência direta e contínua com seus pares humanos: o que define a animalidade propriamente dita – a intolerância à presença humana, a agressividade, a fuga, a timidez e, acima de tudo, a comestibilidade (pois caça é carne e é animal) – falta aos animais domésticos, comensais dos homens e mulheres, seus protegidos, seus filhos. Sua eventual conversão em carne, como visto acima, envolve operações simbólicas precisas não isentas, contudo, de fortes implicações afetivas.

O idioma da predação, portanto, não parece prestar-se à domesticidade. Isso, quanto aos animais introduzidos pelos brancos: este ser por definição doméstico não é familiarizado no sentido usual do termo – tornado familiar de um afim genérico, como acontece, por contraste, com o animal trazido do mato e amansado nas aldeias, conforme Carlos Fausto. Ele parece, desde já, portar uma familiaridade intrínseca, talvez por vir sempre acompanhado de humanos (brancos) e, em certo sentido, ser feito por eles: “criado”, na dupla acepção da palavra em português (fazer e cuidar). Talvez por isso os Karitiana sustentem uma diferença notável entre os animais nativos e aqueles introduzidos: estes, diz-se, “não têm história”, destacando-se que não existiam nos tempos míticos – o que denominam “tempo antigamente” – e não foram feitos pelos criadores do universo Karitiana, como aconteceu com os xerimbabos nativos. Vieram “pela mão dos brancos”, como contam as narrativas dos primeiros encontros de vários dos homens e mulheres mais idosos, que viram essas curiosas criaturas, pela primeira vez, na infância, lá pelos anos de 1940.

Assim, esses animais – exóticos, exógenos, introduzidos – portam uma dupla marca de estranheza, advinda do fato de terem se apresentado sempre na companhia dos colonizadores brancos: não partilham da história antiga do povo Karitiana, e não habitam a floresta (gopit), espaço por excelência dos animais criados pelo demiurgo Botyj no início de tudo. Estranheza que os Karitiana buscaram administrar por meio da designação dessas novas espécies de seres, feita a partir das criaturas que já conheciam: assim, cavalos viraram “veados grandes” (de ty), bois tornaram-se “antas dos brancos” (opoko irip’), cachorros, “onças de criação”, “onças domésticas” (obaky by’edna). Galinhas, denominadas opok ako, “o muito dos brancos”, quer seja, aquilo que os brancos possuem e carregam em abundância, sinaliza outro tema importante da percepção Karitiana não só desses animais, mas também dos brancos e de seus bens em geral: a multiplicidade, ou a capacidade de reproduzir-se de maneira descontrolada e exagerada. De fato, xerimbabos nativos só muito raramente reproduzem no interior das aldeias; galinhas, contudo, contrariam essa esterilidade aldeã de forma notável; assim fazendo, apontam na direção das formas de apropriação contemporânea desses animais entre numerosos povos indígenas nas terras baixas.

Mulher Tapuia, de Albert Eckhout (1643) pintada no período da ocupação holandesa do Nordeste. Símbolo da ferocidade e do caráter diabólico, a presença do cachorro está em consonância com a imagem que os europeus tinham dos índios do interior nordestino, selvagens e bárbaros em comparação com os Tupi da costa. A obra também pode sugerir a convivência e relação próxima existente entre índios e cães – introduzidos com a colonização – no sertão desde, pelo menos, o século XVII

O animal doméstico: história e antropologia

A introdução de animais domesticados de origem exógena em populações indígenas é uma constante na história do Brasil, intercâmbio inaugurado na própria certidão de nascimento do Brasil, a carta de Pero Vaz de Caminha, que narra o encontro entre índios e portugueses no litoral sul da Bahia em abril de 1500, e que conta como os índios reagiram à aproximação de cabras e galinhas trazidas nas embarcações europeias. Desde então, esses seres exóticos espalharam-se rapidamente pelo território nacional, naquilo que o biogeógrafo Alfred Crosby definiu como “imperialismo ecológico”: a paulatina transformação da biota nativa em paisagens cada vez mais parecidas com a Europa, colonização movida pela “pata do boi”, no dizer de Capistrano de Abreu. Conhecemos razoavelmente bem os mecanismos e os efeitos da “frente de ocupação pastoril” – conforme a definiu Darcy Ribeiro – mas apenas em suas linhas-mestras; o detalhe permanece-nos obscuro, e sabemos menos ainda dos modos como a ocupação do Brasil por esses animais estrangeiros impactou as múltiplas sociedades indígenas que habitavam, e habitam, a região. Menos ainda se sabe sobre como esses seres – bovinos, caprinos, suínos, equinos, caninos, galináceos – ocuparam a Amazônia, dado que, nas áreas de floresta densa, os animais não podem se mover livremente, dependendo da condução de seres humanos: dado para o qual atentam os Karitiana, que afirmam ter conhecido esses seres desde sempre “na companhia dos brancos”. Uma história da ocupação animal da floresta amazônica ainda está por ser escrita.

Ocupação cuja face perversa estamos vendo se agravar nos dias correntes, com o avanço da pecuária sobre a hileia, na última fronteira do processo que tornou o Brasil o dono do maior rebanho de bois e o maior exportador de carne bovina do planeta. Este processo de transformação do país em um gigante global do agronegócio tem sido feito às custas da brutal destruição da Amazônia e da sua transformação em extensas pastagens.

Vários povos indígenas na Amazônia – como os Karitiana – e alhures não escapam a essa febre agropastoril, e vêm, crescentemente, se interessando por projetos de implementação de criação animal em suas aldeias. Vinculando a introdução da pecuária a políticas de segurança alimentar e combate à fome e à desnutrição, os proponentes desses projetos – ligados a esferas estatais e a organizações não-governamentais – ignoram aspectos importantes da natureza das relações entre índios e animais. O mecanismo de familiarização – animais tratados como filhos – acima evocado, por exemplo, traz importantes implicações para a tripla relação entre animais, povos indígenas e esses novos agentes de formulação e implantação de políticas públicas. Com efeito, muitos dos projetos destinados às aldeias indígenas, em seus componentes geração de renda e economia, preconizam a instalação da criação animal em escalas ampliadas. Esses projetos desconsideram, ainda, a experiência, pois as perspectivas de sucesso têm se mostrado, em geral, pífias: colecionam-se fracassos – galinheiros destruídos, bois abandonados, gramíneas forrageiras invasoras espalhando-se descontroladamente, abate indiscriminado, desconhecimento técnico – mas as razões para eles ainda são pouco conhecidas.

Olhar para a introdução de animais domesticados em povos indígenas nas terras baixas da América do Sul implica, portanto, também estar atento às inflexões locais de processos macropolíticos e macroeconômicos. Ademais, questões de saúde pública (zoonoses) também se colocam, sem falar na reflexão – ainda por fazer, mas mais do que necessária – sobre a precária condição de muitos desses seres nas aldeias vis-à-vis à legislação ambiental e de proteção aos animais do país e os intensos debates, acadêmicos e leigos, acerca da defesa e da libertação animal.

A antropologia pode e deve, seguramente, ser uma ferramenta a contribuir com esse importante conjunto de debates públicos, ao olhar com cuidado para as modalidades indígenas de constituição das relações entre humanos e animais. O foco nos afetos, emoções e vínculos, contudo, sugere que um passo a mais deve ser dado na análise consagrada de taxonomias e de representações indígenas de seres e da relação com esses mesmos seres. Não o animal como signo, ou símbolo, mas – conforme defende o antropólogo John Knight – o animal como sujeito, como partícipe ativo e agente na construção e reconstrução das sociabilidades comunitárias. Animais e humanos como elementos de um conjunto de laços de natureza simbiótica, naturezaculturas, na inspirada sugestão de Donna Haraway. Só assim poderemos compreender melhor o que é o animal domesticado, esta figura ambígua e complexa entre a natureza e a cultura ou, como dizem os Karitiana, entre a casa e o mato e entre a aldeia e a cidade. Assim poderemos avaliar com justeza o papel central que tiveram esses seres não só na história geral do Novo Mundo, mas nas histórias particulares de cada um de seus povos nativos.

Para saber mais:

– “Rebanhos em aldeias: investigando a introdução de animais domesticados e formas de criação animal em povos indígenas na Amazônia (Rondônia)”, de Felipe Vander Velden. Espaço Ameríndio, vol. 5, no. 1, 2011, disponível em http://seer.ufrgs.br/EspacoAmerindio/article/view/16602)

– Número especial da Revista de História da Biblioteca Nacional (no. 60, setembro de 2010) dedicado a abordagens historiográficas sobre os animais, e que traz alguns artigos sobre a introdução de espécies no Brasil colonial. (disponível apenas para assinantes)

Felipe Vander Velden é professor do Departamento de Ciências Sociais e do Programa de Pós-Graduação em Antropologia Social da Universidade Federal de São Carlos (UFSCar). A tese de doutorado (Inquietas companhias: sobre os animais de criação entre os Karitiana, Campinas, Unicamp, 2010) de Felipe Vander Velden, na qual discute aprofundadamente os temas apenas evocados neste artigo, será publicada, em breve, pela Alameda Casa Editorial.

Profetas da chuva do sertão, por Raquel de Queiroz

“Vá, por exemplo, ao sertão nordestino, nos meses de novembro e dezembro. O povo, lá não tira os olhos do céu, em procura dos prenúncios. Pequenas nuvens ao poente… pequenas, claro, ainda não é tempo das grandes, mas, se elas se juntam para o sul, quer dizer uma coisa; se aparecem ao poente, a coisa muda. Só o que elas não dizem é que a coisa será essa: como todos os adivinhos do mundo, gostam de se envolver em mistério. E aquelas nuvens inocentes são branquinhas como se fossem feitas só de gelo e neve, não, têm nada a ver com chuva, são só enfeites do céu…” (p. 13)

QUEIROZ, Rachel. Existe outra saída, sim. Fortaleza: Fundação Demócrito Rocha, 2003.